lunes, 23 de noviembre de 2015

2 libros

Los que me conocen saben que me encanta leer. Desde que mi abuelo materno me presentó los libros de Julio Verne y que mi abuelo paterno me sentara a leer un par de párrafos de fuera cual fuere el libro que tuviera entre manos en esos momentos soy un ávido lector.


Posiblemente en toda mi vida he leído más de ochocientos libros (iba a poner 1000 pero se me hacía demasiado presuntuoso) siendo el primero de ellos “Platero y Yo” de Juan Ramón Jímenez. No sé por qué pero tengo la buena costumbre de aprenderme el nombre del autor seguido de su título. 


Platero y Yo me lo compró mi abuelito al que cariñosamente llamo Paphugo, no recuerdo que año era, ni cuantos años tenía, pero era una típica tarde soleada en Cuernavaca cuando en el mero zócalo de la ciudad mi abuelo nos invitó un esquimo (adoraba los de plátano con chocomilk, si el de pancho pantera) detrás de nosotros un señor tenía un puesto de libros mismo que mi hermano y yo admiramos por un buen rato mientras dábamos largos tragos a nuestros licuados.


Paphugo nos preguntó que cuál queríamos, Edgar y yo no teníamos ni la menor idea de lo que teníamos ante nosotros. Mi abuelo al descubrir eso, decidió por nosotros. Nos compró un libro a mí (Platero y Yo) y otro a mi hermano (Moby Dick, de Herman Melville, todavía más vieja,puesto que fue publicada en 1851)


No recuerdo cuanto tiempo tardé en leer Platero y Yo,  tampoco sé cuánto tardé en leer Moby Dick. Lo que si sé es que mi abuelo nos regaló tiempo después los libros de Julio Verne, los cuales devoré en pocos días. Años más tarde vinieron los primeros libros que compré por mi cuenta, “Jurassic ParkCementerio de MascotasEso, entre muchos otros.


En los últimos 5 años he leído un promedio de 33 libros por año y aún con todo eso no había podido inculcar el amor por la lectura a mis hijos. Hasta este fin de semana.


Diego recibió de regalo un libro, no  cuál es su nombre (No lo he leído yo), seguramente recordará que al igual que como pasó conmigo fue su abuelita quien se lo compró. El libro lo terminó en tres días. Ayer fuimos a Gandhi y les compré uno más a cada uno (bueno a Iker no, su manera de leer es todavía con la saliva y no es bueno ni para él, ni para los libros)


¿Papá, has leído un libro en un solo día?- preguntó Diego mientras esperábamos a Laura en la camioneta.
Si mi amor, en varias ocasiones- dije sin prestarle gran importancia a la situación.
¿Papá, has terminado dos libros en un solo día?
No flaco – contesté. Es prácticamente imposible. Agregué.

El imposible pudo haber liberado en Diego una especia de reto. Leyó en el camino al festejo en casa de mis abuelitos, festejo de 85 años de Paphugo por cierto. Leyó durante la comida (lo que hizo que no pelara a nadie). Leyó durante el regreso a Puebla hasta que la luz se lo permitió, y leyó en la noche hasta que lo mandé a dormir.


Sale chicos, a la camaya es tarde y mañana hay escuela – dije con autoridad.
Pero papá mira lo que me falta.

El libro que le compré a Diego por la tarde, que habría tenido unas 150 páginas estaba a dos páginas de ser terminado por mi hijo mayor.


Por mi mente pasaron todas esas ocasiones en las que una llamada, un amigo inoportuno (Si, si me ven leyendo, no me interrumpan a menos que sea situación de vida o muerte, y hablo en serio), una tarea, el trabajo o equis o ye cosas, había interrumpido mi lectura a pocas páginas del final. A Diego le faltaban dos páginas para terminar su segundo libro del día. Decidí darle permiso de hacerlo. Unos minutos después. Lo había terminado. Había terminado de leer dos libros el mismo día.


Me da gusto saber que a pesar de los obstáculos o de los paradigmas, para esta personita que apenas tiene nueve años, la palabra imposible es totalmente increíble. No existe para él, al menos no para cuestiones en las que él tiene el control de la situación.


Lleva ya entonces dos libros enteros y espero que en pocos días tome el El Hobbit de Tolkien y Las Crónicas de Narniade Lewis, que llevan tiempo esperando que otra mente, otra alma, otra persona que devore libros se aventure a darle vuelta a la primera página.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Otro tipo de explosiones.

A lo largo de nuestra vida hay muchas cosas para las cuales nos preparan nuestro padres, nos alistan para vivir como adultos, nos enseñan el valor del trabajo, nos incitan a la responsabilidad, a lo que no nos pueden enseñar es a ser papás y tan sólo tenemos que recurrir el ejemplo que ellos nos dieron como padres. Que tan buenos seremos como papás dependerá en gran medida en que tan buenos o malos fueron en ese trabajo los nuestros.

Ya como padres hay muchas cosas que podemos leer en libros y aprender de padres y abuelitos. A preparar papillas, a cargar al niño, a hacerlo eructar (que por cierto es todo un arte y debería haber una maestría en Harvard para tal efecto) entre otras cosas. Para lo que nadie nos prepara, ni papás, ni abuelos, ni bisabuelos, tíos amigos, compadres, etc, es a cambiar pañales con Popó.

Después de tres hijos el cambiar el pañal para mi es toda una experiencia, es un momento de intimidad entre mi hijo y yo, un proceso que no debe de tardar más de cinco minutos yo lo puedo alargar hasta unos 20 si es preciso. Pero nadie, nunca, nos prepara a lidiar contra explosiones de Popó.

Justo un día antes de escribir estas líneas mi esposa Laura Arroyo me enseñó (en el tercer hijo) a poder quitar la ropa sucia del bebé sin mancharlo después de una de estas explosiones. Enrollar una toallita húmeda sobre el área afectada y de esa manera evitamos ensuciar de más al bebé.

Pero ni mi esposa hubiera estado cien por ciento preparada para la explosión de hoy.

Corrían las once de la mañana y unos cuantos minutos, los niños y yo estábamos en la sala. Iker en su cuna jugando con sus juguetes. De repente voy a sacarlo de ahí para jugar un poco con él. La escena es indescriptible y aunque lo pudiera hacer no lo haría para aquellos que son sumamente asquerosos. La expresión “tiene popó hasta la cabeza” cobró un sentido literal en esta ocasión.

Teníamos una emergencia y había que actuar rápido. Por eso, dejé al niño en la cuna y corrí a mi ipad para poner la canción de John Williams con la cual musicalizó Indiana Jones para estar en el ambiente adecuado.

Ta tata ta Tarara

(escrito ni tiene el mismo efecto)

Corrí con el niño cargado de cabeza, justo en el rellano de las escaleras perdí mi gorra, tuve que volver por ella, Indiana Jones nunca hubiera dejado su sobrero atrás. Ya con gorra y todo continué mi camino. Llegamos a la planta alta e Iker continuaba con la cabeza hacia abajo y yo con sus sentaderas (así le diría mi abuelita) llenas de ya saben que cerca de mi cara. Afortunadamente no soy nada asqueroso.

Con las enseñanzas de mi esposa el día previo me sentía más tranquilo, pero esta situación era totalmente diferente. Y situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Abrí la regadera, y luego de dejar que el agua saliera lo suficientemente tibia ahí vamos Iker y yo para adentro con todo y ropa.

Quiero que entiendan la situación, estaba tan sucio que no lo podía poner en ningún lado porque se iba a ensuciar el lugar. No tenía quien me detuviera al niño mientras yo me quitaba la ropa. No había alternativa.

Ya dentro de la regadera todo transcurrió con normalidad. Le quité a Iker su ropa y una vez en la tina hice lo propio con la mía.

Nadie nos prepara para enfrentar situaciones como esta, y otra cosa me queda clara, los papás hacemos las cosas muy diferente a las mamás (por no decir más entretenidas)

La música de Indiana jones continúa sonando…

Otro tipo de explosiones.

A lo largo de nuestra vida hay muchas cosas para las cuales nos preparan nuestro padres, nos alistan para vivir como adultos, nos enseñan el valor del trabajo, nos incitan a la responsabilidad, a lo que no nos pueden enseñar es a ser papás y tan sólo tenemos que recurrir el ejemplo que ellos nos dieron como padres. Que tan buenos seremos como papás dependerá en gran medida en que tan buenos o malos fueron en ese trabajo los nuestros.

Ya como padres hay muchas cosas que podemos leer en libros y aprender de padres y abuelitos. A preparar papillas, a cargar al niño, a hacerlo eructar (que por cierto es todo un arte y debería haber una maestría en Harvard para tal efecto) entre otras cosas. Para lo que nadie nos prepara, ni papás, ni abuelos, ni bisabuelos, tíos amigos, compadres, etc, es a cambiar pañales con Popó.

Después de tres hijos el cambiar el pañal para mi es toda una experiencia, es un momento de intimidad entre mi hijo y yo, un proceso que no debe de tardar más de cinco minutos yo lo puedo alargar hasta unos 20 si es preciso. Pero nadie, nunca, nos prepara a lidiar contra explosiones de Popó.

Justo un día antes de escribir estas líneas mi esposa Laura Arroyo me enseñó (en el tercer hijo) a poder quitar la ropa sucia del bebé sin mancharlo después de una de estas explosiones. Enrollar una toallita húmeda sobre el área afectada y de esa manera evitamos ensuciar de más al bebé.

Pero ni mi esposa hubiera estado cien por ciento preparada para la explosión de hoy.

Corrían las once de la mañana y unos cuantos minutos, los niños y yo estábamos en la sala. Iker en su cuna jugando con sus juguetes. De repente voy a sacarlo de ahí para jugar un poco con él. La escena es indescriptible y aunque lo pudiera hacer no lo haría para aquellos que son sumamente asquerosos. La expresión “tiene popó hasta la cabeza” cobró un sentido literal en esta ocasión.

Teníamos una emergencia y había que actuar rápido. Por eso, dejé al niño en la cuna y corrí a mi ipad para poner la canción de John Williams con la cual musicalizó Indiana Jones para estar en el ambiente adecuado.

Ta tata ta Tarara

(escrito ni tiene el mismo efecto)

Corrí con el niño cargado de cabeza, justo en el rellano de las escaleras perdí mi gorra, tuve que volver por ella, Indiana Jones nunca hubiera dejado su sobrero atrás. Ya con gorra y todo continué mi camino. Llegamos a la planta alta e Iker continuaba con la cabeza hacia abajo y yo con sus sentaderas (así le diría mi abuelita) llenas de ya saben que cerca de mi cara. Afortunadamente no soy nada asqueroso.

Con las enseñanzas de mi esposa el día previo me sentía más tranquilo, pero esta situación era totalmente diferente. Y situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Abrí la regadera, y luego de dejar que el agua saliera lo suficientemente tibia ahí vamos Iker y yo para adentro con todo y ropa.

Quiero que entiendan la situación, estaba tan sucio que no lo podía poner en ningún lado porque se iba a ensuciar el lugar. No tenía quien me detuviera al niño mientras yo me quitaba la ropa. No había alternativa.

Ya dentro de la regadera todo transcurrió con normalidad. Le quité a Iker su ropa y una vez en la tina hice lo propio con la mía.

Nadie nos prepara para enfrentar situaciones como esta, y otra cosa me queda clara, los papás hacemos las cosas muy diferente a las mamás (por no decir más entretenidas)

La música de Indiana jones continúa sonando…