Los que me conocen saben que me encanta leer. Desde que mi abuelo materno me presentó los libros de Julio Verne y que mi abuelo paterno me sentara a leer un par de párrafos de fuera cual fuere el libro que tuviera entre manos en esos momentos soy un ávido lector.
Posiblemente en toda mi vida he leído más de ochocientos libros (iba a poner 1000 pero se me hacía demasiado presuntuoso) siendo el primero de ellos “Platero y Yo” de Juan Ramón Jímenez. No sé por qué pero tengo la buena costumbre de aprenderme el nombre del autor seguido de su título.
“Platero y Yo” me lo compró mi abuelito al que cariñosamente llamo Paphugo, no recuerdo que año era, ni cuantos años tenía, pero era una típica tarde soleada en Cuernavaca cuando en el mero zócalo de la ciudad mi abuelo nos invitó un esquimo (adoraba los de plátano con chocomilk, si el de pancho pantera) detrás de nosotros un señor tenía un puesto de libros mismo que mi hermano y yo admiramos por un buen rato mientras dábamos largos tragos a nuestros licuados.
Paphugo nos preguntó que cuál queríamos, Edgar y yo no teníamos ni la menor idea de lo que teníamos ante nosotros. Mi abuelo al descubrir eso, decidió por nosotros. Nos compró un libro a mí (Platero y Yo) y otro a mi hermano (“Moby Dick”, de Herman Melville, todavía más vieja,puesto que fue publicada en 1851)
No recuerdo cuanto tiempo tardé en leer “Platero y Yo”, tampoco sé cuánto tardé en leer “Moby Dick”. Lo que si sé es que mi abuelo nos regaló tiempo después los libros de Julio Verne, los cuales devoré en pocos días. Años más tarde vinieron los primeros libros que compré por mi cuenta, “Jurassic Park”, “Cementerio de Mascotas”, “Eso”, entre muchos otros.
En los últimos 5 años he leído un promedio de 33 libros por año y aún con todo eso no había podido inculcar el amor por la lectura a mis hijos. Hasta este fin de semana.
Diego recibió de regalo un libro, no sé cuál es su nombre (No lo he leído yo), seguramente recordará que al igual que como pasó conmigo fue su abuelita quien se lo compró. El libro lo terminó en tres días. Ayer fuimos a Gandhi y les compré uno más a cada uno (bueno a Iker no, su manera de leer es todavía con la saliva y no es bueno ni para él, ni para los libros)
El imposible pudo haber liberado en Diego una especia de reto. Leyó en el camino al festejo en casa de mis abuelitos, festejo de 85 años de Paphugo por cierto. Leyó durante la comida (lo que hizo que no pelara a nadie). Leyó durante el regreso a Puebla hasta que la luz se lo permitió, y leyó en la noche hasta que lo mandé a dormir.
El libro que le compré a Diego por la tarde, que habría tenido unas 150 páginas estaba a dos páginas de ser terminado por mi hijo mayor.
Por mi mente pasaron todas esas ocasiones en las que una llamada, un amigo inoportuno (Si, si me ven leyendo, no me interrumpan a menos que sea situación de vida o muerte, y hablo en serio), una tarea, el trabajo o equis o ye cosas, había interrumpido mi lectura a pocas páginas del final. A Diego le faltaban dos páginas para terminar su segundo libro del día. Decidí darle permiso de hacerlo. Unos minutos después. Lo había terminado. Había terminado de leer dos libros el mismo día.
Me da gusto saber que a pesar de los obstáculos o de los paradigmas, para esta personita que apenas tiene nueve años, la palabra imposible es totalmente increíble. No existe para él, al menos no para cuestiones en las que él tiene el control de la situación.
Lleva ya entonces dos libros enteros y espero que en pocos días tome el El Hobbit de Tolkien y Las Crónicas de Narniade Lewis, que llevan tiempo esperando que otra mente, otra alma, otra persona que devore libros se aventure a darle vuelta a la primera página.

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